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VIVENCIA: LO QUE UN HIJO
NUNCA OLVIDA |
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NOTAS DEL EDITOR:
‘No todo lo que reluce es oro’
en la vida de un torero, como Pepe Céspedes nos cuenta aquí en una de las
aventuras taurinas que compartió con su padre cuando él era un chiquillo.
Pepe es hijo del matador de
toros retirado Paco Céspedes y hermano del matador del mismo nombre. Pepe, como
yo, desde hace años ha vivido en el Estado de Maryland en los Estados Unidos.
Aquí en los Estados Unidos desde
ya hace un par de décadas establecimos una buena amistad, iniciada por nuestro común lazo con el mundo taurino.
Siempre supe del amor filial que Pepe siente por su padre y la admiración por
el como torero, lo que se refleja en la página Web DINASTIACESPEDES.COM dedicada
a Paco Céspedes que él creó y mantiene.
Ahora bien no ha sido hasta leer su VIVENCIA: LO QUE UN HIJO NUNCA OLVIDA cuando he realizado la profundidad de ese cariño y admiración de mi amigo por su progenitor. Léalo y disfrute de una bonita narración que nos lleva a un antiguo Perú serrano y rural con un modo duro de vida que ya no existe, pues el desarrollo lo ha mejorado.
Mario Carrión Bazán ( http://www.carrionmundotoreo.com/ )
-I-
Este es el relato de una vivencia al lado de mi padre, un torero peruano de la época de los años mil novecientos cincuenta.
Diciembre, enero y febrero, son meses de verano en
el hemisferio sur pero se les denomina el invierno en la sierra del Perú. La
razón son las lluvias, producto de la evaporación en el Océano Pacifico, la
cual se precipita en la cordillera, donde el clima se torna nublado y frío y se
le denomina (erróneamente) "meses del invierno serrano"
Sin embargo, Sócota en el departamento de
Cajamarca, está ubicado en un profundo valle y allí el clima da cierta tregua para la celebración de sus
Fiestas Patronales en Febrero,
La Feria de la Virgen de la Candelaria.
Por este motivo, la Feria de Sócota, es una rareza
de invierno en el calendario taurino del Perú y que a los toreros peruanos de
la época que narro, les venía muy oportuno, ya que ese tiempo no es temporada de celebraciones de fiestas y por lo
tanto no se daban corridas. Era la temida “época de las vacas flacas” donde en mi casa, había que recurrir a todos
los ahorros y recursos para resolver
los problemas de sobrevivir.
Las fiestas de Navidad y Año Nuevo y los
inevitables gastos del inicio del año escolar en Marzo, debían haber puesto desesperación en el ánimo de mi padre
que solo contaba con su oficio de matar toros bravos para mantener a una
numerosa familia.
Con el tiempo, este razonamiento me haría
comprender por qué mi papá, se puso tan contento aquel diciembre de 1956 cuando
Don Domingo Centurión, lo fue a ver a nuestra casa de Tarata a contratarle y
darle un anticipo para torear en Sócota.
Sócota, un distrito de la provincia de Cutervo, no
tenia aún carretera en 1957 y los camiones cargueros (único medio de transporte)
solo se arriesgaban a llegar hasta ciertos sitios, debido a que los
caminos solamente afirmados y sin
asfaltar, se tornaban pantanos fangosos muy difíciles de vadear en esas
temporadas.
Febrero, es también, mes de vacaciones escolares y
mi papá no encontró mejor ocasión para llevarme con él a esa Feria. Lo mejor de
todo sería (me lo dijo sabiendo que me encantaría) que parte del viaje sería
hecho a caballo. Así que hacia allá nos embarcamos, una mañana de ese mes en la
cabina de un camión Ford rojo que tenía el sugestivo nombre de "Con
Locura".
Pasado el medio día, ya habíamos dejado las tierras
llanas de la costa y comenzaba la interminable sucesión de subidas, curvas; más
subidas, precipicios y otra vez más
curvas y bajadas, hasta remontar la cordillera. Con el atardecer llegaría el
frío intenso y la prematura oscuridad de la serranía.
Bien
avanzada la noche llegamos a Cochabamba y allí
dormiríamos, porque muy temprano al día siguiente, tomaríamos las
"bestias" que nos llevarían
hasta Sócota.
Se ha quedado grabado en mi mente, lo duro que es
meterse en una cama helada y taparse con una tonelada de colchas que solo
agrega peso al ya doloroso frío. Poco a poco, muy lentamente, las temperaturas
se van nivelando y el cuerpo se duerme con la certeza de que el menor
movimiento, provocará una puñalada de hielo de la que tardarás otro "poco
a poco" en recuperarte.
El amanecer aun oscuro, trajo la excitación de las
cabalgaduras en la calle que nos esperaban para iniciar el viaje. No pudiendo
esperar más y olvidándome del frío, me asomé al balcón y vi las sombras de los
arrieros y las acémilas que constituían la caravana. Eran cuatro mulas y dos
caballos, cinco de silla y uno de carga.
Asignaron los caballos a mi papa y a mí y a los
banderilleros y al sobresaliente, le tocaron las mulas.
Hay un olor en la sierra muy característico, huele
a eucalipto y tejas y tierra mojada y a los caballos (yo me negaba a llamarles
"bestias" como lo hacían la gente de allí) Los caballos y su sudor y
los aperos, agregaron otro sello a la impresión de ese viaje que jamás
olvidaré.
Fui el primero en montar mientras mi papá
conversaba con los banderilleros y los arrieros cargaban la mulita que
empequeñecía aun más al peso de las espuertas y maletines.
No sé porque, pero me ha quedado la impresión que
los equinos en la sierra, todos, tienen los ojos tristes, la cara resignada y el cuello horizontal, para mi
fue desilusionante, con la luz de la mañana, comprobar que mi caballo no se
parecía en nada a los que había visto en el cine o las revistas de Rocky Lane,
Gene Autry o Roy Rogers. Por mas esfuerzos que hacia, no lograba que mi
jamelgo levantara la cabeza o apurara el paso cansino que llevaba toda la
caravana.
Los caminos de herradura y su angosto trecho, cortan las montañas en serpenteantes y empinadas subidas y
bajadas que bordeando precipicios o yendo al hilo del río, conectan los valles
que separaran los pueblos. Almorzamos en Cutervo y continuamos cabalgando toda
la tarde hasta el anochecer, hasta que finalmente, el arriero que siempre iba a
pie y por delante, nos indica que “allí no más” esta Sócota.
Efectivamente, se veían las luces allá abajo y
hasta se podían oír y ver los destellos de los “cuetones” pero, nos tomaría mas
de dos horas llegar al pueblo. Así es
la sierra peruana “aquicito no más”
toma en cuenta la distancia, más no el tiempo, que parece no importar a nadie.
El bullicio de la gente en las calles y los toldos
y los grupos y la música, contrastaba con el silencio de los caminos que nos habían
traído hasta allí. Sin demora fuimos al hotel, luego a cambiarse e ir al parque
a comer los dulces de la Feria y mi papá a buscar a la “gente del Comité” para
finiquitar negocios. Un día de descanso y dos días de corrida había aun por
delante.
-II-
Nada
debe haber tan deseado que un buen descanso y
reparador sueño después de quince horas continuas de cabalgata y eso, me
dispuse a tener.
Sin embargo,
al acostarme, aun sentía el bamboleo de la montura, el resoplido de los
belfos del cansado caballo al completar una subida o el murmullo del río en la
oscuridad.
De todo lo sucedido durante el viaje, la noche era
el más reciente y persistente recuerdo;
quizás es la sensación de vulnerabilidad que te invade al tener que
soltar las riendas, sujetarse de la silla y dejar que el animalito que montas,
te conduzca por los negros túneles de camino; unos caminos para mi inciertos y
que solo él conoce a fuerza de haberlos
recorrido, al menos, en eso confías. Algo tuvo esa experiencia que me siguió
hasta la cama y no me dejo dormir por
muchas horas.
La alegría de la mañana serrana en tiempo de feria,
comienza con los “albazos”, una
imprudente costumbre en los pueblos, de despertar a la gente con la primera luz
de la madrugada a punta de “cuetones” y
bulliciosas bandas que me pareció, pasaban todas bajo la misma ventana
del cuarto de hotel donde nos alojamos.
Que pereza, pero era fiesta y había que levantarse.
Sin agua corriente ni desagüe, el cuarto tenia un
“lavatorio” montado en un soporte
metálico de tres patas, con una jarra en medio, jabonera y toalla colgando de
un costado. El agua helada endurecía los dedos y la cara al lavarse, ¿y el
jabón? el jabón se ponía terco a salir con la poquita agua que soportaban mis
manos. BRRRRR que fríooo...La recompensa a ese martirio vino con el desayuno
que tan rico como abundante nos halagaban a los forasteros.
“¿Tu papá es el torero, no?” y “¿ no tienes miedo cuando torea?” Esas eran
las preguntas a las que tuve que acostumbrarme a contestar todas las veces que acompaña mi padre por
las ferias.
La verdad es que nunca tuve miedo, tenía la ciega y
absoluta confianza que mi papá era “el mejor” y él se encargó de que yo me lo haya ido creyendo corrida
tras corrida, temporada tras temporada, año tras año.
Para mí, los otros toreros empequeñecían ante su
valor, la gente en los tendidos parecían
darme la razón y los toros le respetaban porque les podía, o porque en
el ruedo, él se ponía más bravo que ellos.
Las veces que he “compartido burladero” con mi
padre “sirviéndole las espadas” o
simplemente allí porque las autoridades me lo permitían; esas veces, he podido
captar la vida, sus retos y la respuesta de un hombre a su destino.
Desde el momento que sale el toro a la plaza
queriendo llevarse el mundo prendido de
sus astas, hasta el instante”, ese “mágico instante, en que los toreros deciden
que las características de sus embestidas
“están vistas” y hay que “ir al toro”.
En ese lapso, que mi padre llamaba “cargar la
carabina”; el valor, tiene que vencer al miedo, la decisión debe doblegar el
instinto de conservación y la inteligencia debe hacer acopio de toda la
experiencia y oficio para plantear la distancia del primer lance, la estrategia del primer contacto con media
tonelada de enfurecida carne que con dos puñales por delante, arremete contra cualquier cosa que se mueva.
Algunas veces,
quizás inflamado por un instantáneo torrente de pundonor, Paco
Céspedes echaba las dos rodillas a
tierra y abriendo los brazos, bajaba las manos haciendo terso el capote y
congelaba en el tiempo, una estampa al desafío…una estampa que detiene no solo
el instante, sino también el latido del corazón de los espectadores que
saben
que el reto no es solo al toro, sino también a sí mismo. Luego, como continuidad y remate a la suerte,
venía una soberbia larga cambiada que hacía estallar los tendidos en ovación.
Yo desde mi burladero, sentía el piso remecerse al
paso del toro que se revolvía pronto para atacarlo de nuevo y encontrarse con sus tersas, lentísimas y engarzadas verónicas que depositaban la
desconcertada fiereza del animal, en el centro mismo del anillo. “Bravo Paco,
eres lindo cholo, ¡carajo!..”
Sobresalía la voz de algún espectador sobre el estruendo de los
aplausos, mientras mi padre venía desmonterado al burladero por un sorbo de
agua.
En Sócota, la primera tarde fue un éxito y era
reconfortante regresar al Hotel después
de la corrida, la tensión ya ida, el descanso a estar parado por tres horas, la
satisfacción del triunfo y el ayudar a desvestirse a mi papá que mientras lo hacia, no paraba de
comentar las incidencias de la tarde con la gente que llegaba a verlo
repartiendo enhorabuenas mientras por
otro lado, el mozo de espadas se
encargaba de colgar la camisa empapada de sudor, poner el traje en la silla,
sacudir las zapatillas, limpiar espadas y doblar muletas y capotes.
Siempre me llamó la atención la forma tan parca y
seca como mi papá hablaba con
Juan Poma, su banderillero de mas confianza. En
la plaza, eran solo palabras cortas que encerraban quizás, docenas de
instrucciones como lidiar un toro: “bien Juan”…“allí”…“tócalo”…tápate”. A veces
ni eso, solo un gesto o una mirada, instruían sobre que hacer o donde
estar.Todo un misterio para mí.
Esta parquedad entre ambos, se manifestaba también
al finalizar una corrida. “Bueno, ya se mató”, se decían al encontrarse.
¿Que encerraba eso? Con el tiempo lo he sabido.
Significaba: cumplida otra jornada de trabajo, mañana será otro día.
Indudablemente para ellos, esto del toro, más que una afición o una expresión
artística, era la forma de ganar el sustento para su gente. Un oficio como
cualquier otro. Aparentemente.
-III-
La segunda tarde mientras mi papá “se perfilaba”
para matar el último toro, me distraje con algo y cuando volví la cara hacia el
ruedo, él no estaba, pensé que habría ido a ver algo entre barreras, pero el
toro estaba allí en la plaza, muerto sin arrastrar; había murmullos, la corrida
ya terminada, pero la gente no se movía de sus asientos.
Durante las corridas suceden muchas cosas, nada
realmente asombra; pero esta vez el
sobresaliente traía la muleta y la espada de mi papá. Allí me di cuenta que
algo no estaba bien, pero no podía
moverme del burladero, las cosas de
torear estaban conmigo. Se podían perder si
las descuidaba.
Continué doblando los trastos y fue cuando llegó
uno de los banderilleros y me dijo: Pepe, tu papá tiene un “puntazo”, no es
nada, se apresuró en aclararme; ha ido
a la casa del doctor Delgado para que lo curen, vamos llevando las cosas al
hotel. Así lo hicimos y por la noche
trajeron a mi papá, estaba semi-sentado en un sillón y sujetándose con ambas
manos de los brazos del mueble. Disimuló su incomodidad y me ordenó ir a comer
con el resto de la cuadrilla.
Cuando regresé, él estaba ya en la cama durmiendo y
recién al mirar la ropa de torear, pude ver un orificio en la taleguilla por
donde había penetrado el pitón, había
poca sangre y eso, aunque me alivió, me confirmó
que el toro lo había calado.
El viaje de regreso, se retrazó un día por el
accidente, y ese día lo pasamos en la casa del doctor Delgado que era donde
también tenia su consultorio. Fuimos para la curación y era evidente que mi
padre trataba de ocultar su dolor en todo momento. Ese día, llegó a mi
vocabulario el significado de la palabra “escroto” o sea la bolsa en la cual se
alojan los testículos, allí había sido el puntazo que había desgarrado tejidos
y habían tenido que suturarlos con las limitaciones que existen en los pueblos
chicos de la sierra peruana.
Se hacía necesario y muy urgente que lo vea un
especialista, pero Chiclayo quedaba a
27 horas de viaje, quince de ellas a lomo de caballo.
Para el viaje de regreso, hubo que adaptarle una
silla de montar de dama, de esa en que las piernas cuelgan para el mismo
lado, y posiblemente darle a mi papá
una dosis extra de anestesia y analgésicos.
La vida me ha dado oportunidad de ver muchas cosas,
sentir muchas emociones, recibir muchas lecciones; pero lo que viví en ese
viaje, ha sido la demostración más
palpable de estoicismo que he podido ver y demorado en comprender; quizás, asumiendo en ese tiempo y con la lógica
mentalidad de niño, que él, mi padre, era más grande que su dolor.
Procurando, que mi caballo vaya siempre delante
para que no me preocupara por su condición, mi papá había ordenado a los
banderilleros que me distrageran; pero
cuando yo volteaba a mirarle, él traía su peso reposando sobre sus manos,
tratando de mantener su cuerpo suspendido sobre los brazos.
Día y medio después ya en Chiclayo, noté que sus
muñecas estaban descomunalmente
hinchadas y amoratadas por el esfuerzo.
No se cuanto cobraría mi padre por esas dos
corridas, pero lo que si sé, es que cada sol ganado con ese contrato, debería
estar puesto en un altar a la devoción y el agradecimiento a quien tanto nos ha
dado en esta vida y de la forma como lo
ha hecho. Dios te bendiga siempre padre bueno.
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